Crónica de una pandemia anunciada

Crónica de una pandemia anunciada

Enero que parecía eterno por fin se ha ido; este nuevo año que deseábamos fuera mejor, se levantó con el pie izquierdo. Cuando ingenuamente creíamos que esto duraría solo un par de meses, llevamos prácticamente ya un año en confinamiento.

Con los enfermos saturando un sistema de salud ya saturado, un puñado de trabajadores de la salud acudió al llamado para atender la emergencia que atravesaba el país, con la esperanza de poder controlarlo a tiempo y regresar a nuestras vidas de siempre, a pesar de la amenaza de matar una economía que ya se sabía convaleciente; con un gobierno desesperado prometiendo incentivos a todo aquel que estuviera dispuesto a atender una enfermedad de la que se sabía muy poco y a la que había que temerle mucho.

Y los esfuerzos mal aplicados, por falta de insumos y de medicamentos en los hospitales donde siempre nos ha faltado un poco de esto y un poco de aquello para brindar la mejor atención, la vocación parecía no ser suficiente, pues por ahí a mitad de año ya todos estaban cansados. Entonces llamaron a los que estábamos en la banca, las especialidades médicas que no tratamos con virus malvados; y fue así como se aparentó que la cosas mejoraron, pero todo era una cortina de humo. La economía a punto del colapso obligó a reabrir los centros de recurrencia pública, y como siempre una sociedad ignorante y egoísta se relajó ante todas las medidas y recomendaciones para una sana convivencia libre de contagios; y entonces pasó lo inevitable.

Con todo esto que estábamos viviendo, llegó diciembre, yo quería correr a casa y abrazar a mi mamá, a la que no veía hace meses. Me daba ansiedad solo de pensar que podía llevarle el virus, yo no me perdonaría si algo salía mal, entonces me cuidé como nunca en el hospital, me hice pruebas para asegurarme de no estar infectada. Jamás pensé que un “Grinch” como yo podía estar tan emocionada de celebrar navidad con su familia. Y al parecer muchos tenían esas mismas ganas de estar con su familia, pero se les olvidó la parte más importante, la de tomar extremas precauciones, y fue así como todo se fue al caño.

Cuál proyectil se disparó el número de enfermos y muertos por la enfermedad del siglo. Los pocos hospitales que aun sobrevivíamos ante la reconversión, recibimos la noticia: seríamos especialistas en atención del COVID-19 para el año nuevo. Mi corazón se rompió y con él, las ilusiones de seguir una residencia médica normal. Casi en el último año que me queda, tengo que dejar de hacer lo que más me gusta, la ortopedia, y hacer frente a la vocación de la que tanto hablamos. Ya con mi vacuna que creo no es garantía, mi único deseo es regresar pronto a lo que mejor sé hacer, arreglar huesos rotos.

«El primer cambio geopolítico es mental e individual, es saber y aceptar que los milagros no nos devolverán un mundo que ya no existe y que el que hay que construir es uno sobre valores como son sociedades libres y fuertes” – Antonio Navalón

Itzel Sandoval

Mexicana, 27 años, médico cirujano por la Universidad Nacional Autónoma de México, actualmente curso el tercer año de la especialidad en el Hospital de Traumatología y Ortopedia “Victorio de la Fuente Narváez”, CDMX. Danzarina desde los 4 años, con conocimientos en ballet clásico, danza regional mexicana, danzas polinesias, danzas afrocolombianas por la Escuela Nacional de Bellas Artes, y, actualmente enfocada en el “Raqs Sharki” o danza oriental. Amante de la cultura, cinéfila y trotamundos.

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